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Mezcal y Cine de Culto

10 Sep Mezcal y Cine de Culto

Desde Gijón apareció Miguel en nuestras vidas, poco a poco nos fuimos conociendo entre tweets y ya de vuelta en México necesitamos poca excusa para vernos y compartir. Amante de las letras, sabio y romántico del cine, solo nos faltó que tomara Mezcal. Si bien la relación del Mezcal y el cine es imprecisa, este destilado debió de estar presente en muchas producciones, fuera explícitamente o por inferencia ¿qué otra cosa, aparte de tequila y cerveza, se podría tomar en las añejas cantinas de pueblo retratadas en la era del Cine de Oro? Dicen que nadie es el mismo después de ese primer trago de mezcal, el cine no podría ser excepción. Esa noche empezamos con whiskey y cerveza de Tierra Blanca, el resto de la noche la seguimos con el mezcal Citrus de La Venia. 

El Mezcal empieza a aparecer de nuevo en pantalla, como protagonista en documentales o como acompañante de farras y desamores en películas en los dos lados del Río Bravo. Cuando pensamos en hacer una noche de películas para estos Diarios no pudimos pensar en nadie mejor que Miguel para compartirnos un poquito de su amor por el cine, sin más que agregar los dejamos con algo de lo que vimos esa noche:

 

Mezcal y Cine de Culto

 

Cuando los jóvenes detrás de Bonito Mezcal me invitaron a dar una movie night, con maridaje de mezcales, de momento no supe qué decir una vez hube aceptado la oferta. Principalmente por dos razones: nunca me había visto en una situación así y dos, en realidad no tengo grandes — ni pequeños — conocimientos acerca del mezcal (yo confieso: soy güisquero). No obstante, Guillermo y Jerónimo me aseguraron que tendría absoluta libertad de elegir las películas y que del maridaje se harían cargo ellos.

Así pues, me encontré en la disyuntiva de encontrar películas que fueran adecuadas para una velada semejante. ¿Musicales? ¿Westerns? ¿Film Noir? ¿Clásicos de género? Estando frente a mi profusa filmoteca, amasada a lo largo de quince años, de pronto tuve una epifanía: ¿qué mejor que aventurarse con películas de culto?

Pero, para empezar, ¿qué son las películas de culto?

En los años que llevo dedicándome a escribir acerca del cine, a dar talleres y cursos, a ver películas con ojo profesional, esa es una de las preguntas que más me encuentro. ¿Qué es el cine de culto? Ojalá esto fuera fácil de explicar, pero es más complejo que un cubo de Kubrick. Digo, de Rubik.

El cine de culto tiene muchos aspectos: no existe una sola película que encaje las características que la designen como tal cosa. Puede pertenecer a cualquier época o género — evidentemente, Star Wars es una película (por no decir una saga) de culto —, incluso hay directores de culto. Un claro ejemplo de esto es David Lynch, o Ingmar Bergman. O Woody Allen. O John Waters y Pedro Almodóvar. Otro, más reciente, es Baz Luhrmann. Incluso Quentin Tarantino, pese a los laureles que ostenta y ser tan bien abrazado por el mainstream, es también un notable director de culto (gracias a su personalidad y manera de dirigir). Así pues, casi cualquier cosa puede ser una película de culto, cierto, pero no todas las cintas que podrían acceder a este título lo consiguen realmente. Tomemos por ejemplo a The Rocky Horror Picture Show, que es considerada una de las películas de culto por excelencia, y que desde su estreno, en 1975, ha tenido una acogida muy especial en un cierto grupo de espectadores. Porque en ello realmente reside el culto: cuando se trata de un filme que le habla a cierto sector y éste se entrega a lo que ve en la pantalla, memoriza los diálogos, los comparte con otros que tienen la misma prolijidad hacia la película que él (o ella).

De este modo, Rocky Horror se convirtió en un fenómeno de participación del público, con grupos que escenifican cada fin de semana la cinta en escenarios paralelos a la pantalla, con parafernalia muy específica. Pero este es sólo un caso entre muchos. Y cada película manifiesta su culto de diferente manera.

Así fue como seleccioné tres películas para nuestra velada particular de cine y mezcal. Pensé que si íbamos a entrarle al cult cinema, lo mejor sería hacerlo con una película en la que los personajes, de un modo u otro, intoxicase los sentidos mientras se ve, y al mismo tiempo, tuviera un culto tan bien desarrollado que fuera irresistible.

 

Mi primera elección fue El valle de las muñecas, de Mark Robson, estrenada en 1967 y que no sólo es una película de culto, sino que también se le considera el epítome del camp en el cine de su tiempo: filmada con toda la intención de ser un drama épico, esta adaptación del legendario best-seller de Jacqueline Susann (que al publicarse en 1966 cambió drásticamente la manera de publicar libros, al convertirse en una especie de clásico de su tipo, con 30 millones de copias vendidas en todo el mundo) presenta un exagerado — y sencillamente divino — diseño de producción, situaciones melodramáticas que se ostentan serias, y un fabuloso sentido del humor involuntario. Las “muñecas” del título se refiere en parte a las tres jóvenes, atrapadas por su propia belleza y la fama, en el centro de la historia, pero sobre todo para el apodo que se da a los barbitúricos que todas ellas se meten alegremente y sin pudor alguno como si fueran chicles. Las píldoras, regadas por un río de alcohol, conducen a la modelo Anne Welles (Barbara Parkins), la cantante Neely O’Hara (la gran Patty Duke) y la actriz Jennifer (Sharon Tate, hermosa), a niveles casi absurdos (bueno, completamente alucinantes) de degradación y explotación. En la rocambolesca trama hay traiciones e infidelidades, sobredosis de droga y abortos, violación, intentos de suicidio y el descenso a la humillación pública, la pornografía y, en última instancia, la basura, aunque no hay desnudos ni un morbo explícito, lo que le valió a la película una sorprendente clasificación para adolescentes y adultos — Roger Ebert decía “ésta es una película sucia, no porque tenga mucho sexo en ella, que lo tiene, sino porque cree firmemente que el sexo en ella es sucio.”

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La película es una experiencia confusa, a veces torpe, y otras sensacional, y eso no impidió que un público pequeño pero devoto, especialmente entre la comunidad LGBTI, se enamorase obsesivamente de sus diálogos eminentemente citables y de su extrapolación de los peligros de la droga y la fama. En resumen, es un clásico de culto, porque de hecho, no hay manera de que esta película no pudiera convertirse en uno.

 

La segunda cinta elegida fue Cara de ángel (Funny face), un musical del maestro Stanley Donen, realizado en 1957, con las actuaciones de Fred Astaire, la legendaria estrella de Broadway Kay Thompson y, en el rol estelar, Audrey Hepburn, de belleza exquisita durante todo el filme. La cinta, que ostenta canciones de Ira Gershwin y Cole Porter, es una fantasía de colores, que gira en torno al mundo de la moda. Una editora célebre de modas (inspirada en la monumental Diana Vreeland) y un fotógrafo experto (basado en el célebre fotógrafo Richard Avedon) eligen a una joven afecta a la filosofía, para convertirla en una supermodelo y la imagen de la prestigiada revista. La chica acepta con la condición de que al ir a París, conocerá a su pensador existencialista favorito, pero Cupido tiene otros planes. Así, entre fabulosos atuendos (creados en exclusiva por Givenchy), locaciones en la cuidad luz, y pegajosos temas musicales — con una espléndida coreografía de Donen, responsable también de musicales como Cantando bajo la lluvia y On the town — la película llega a su final esperado (todo musical que se respete tiene una especie de Happy End) y la química de los tres protagonistas hace que uno tararee las canciones (S wonderful, Bonjour Paris, Think Pink!, Funny face) incansablemente por días enteros después de verla.

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La tercera cinta de la velada fue algo diametralmente opuesto a lo visto antes: Weekend (2011) de Andrew Haigh, es un filme británico de bajo presupuesto, realizado no en Londres, pero en la ciudad obrera de Nottingham, que narra el encuentro — y desencuentro — entre Russell (Tom Cullen) y Glen (Chris New), dos jóvenes homosexuales que sin proponérselo, afectan sus vidas mutuamente. Hecha prácticamente en escenarios naturales, sin efectos especiales y sin ninguna pretensión, la cinta ha adquirido un estatus de culto, al pasar de boca en boca por espectadores que la descubren y atesoran; su sencillez para contar una historia demuestra que una película de culto no tiene que ser siempre elaborada y vistosa: la relación explícita y crudamente honesta que se establece entre estos dos personajes sin glamour ni melodrama, a lo largo de tres días, es un reflejo interesante de un ambiente que aunque real, nos pasa inadvertido muchas veces.

La crítica reconoció a Weekend como uno de los mejores filmes del año, y sin duda fue el broche perfecto para cerrar la movie night de Bonito: tres aspectos completamente diferentes en sí mismos de un mismo arte en movimiento, que dejan, a su manera, una huella indeleble en la retina y la memoria de quien las vio.

Y espero que ésta sea la primera de muchas.

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